
Estamos asistiendo a una crisis monetaria, de deuda, muy importante. Por lo menos en Europa, se ha pasado del derroche más absoluto de hace no tantos años, a una precariedad que sitúa a muchos de sus habitantes a la altura de algunas regiones empobrecidas de África. Las cifras que dan ONGs (los gobiernos ya ni se atreven), sitúan a países como España con unas tasas de pobreza generalizadas, con niveles insoportables para muchas familias. El paro (con casi el 25 % de la población en edad de trabajar sin empleo) alcanza a todo tipo de personas, gentes que vieron cómo su mundo se les hundía en apenas unos meses.
Esto ha hecho que cambien los hábitos para muchos. Porque, como si todo eso fuera poco, hay que añadir los recortes sociales, que hace más profunda la brecha entre ricos muy ricos y pobres cada vez más pobres.
















