¿Por qué hacen "tic-tac" los relojes?


En el año 1984 el autor chileno Saúl Schkolnik fue co-autor del libro "¿Por qué el mar es salado?", bajo la editorial Orión, dentro de su colección "Tobogán". Se trata de un ameno, bello y lindo libro que reúne cuentos infantiles de todo tipo y de diversos autores, entre ellos el autor chileno que acabamos de mencionar.

En la actualidad ese libro es bastante difícil de encontrar, y lleva bastante tiempo descatalogado. Pero sería una auténtica lástima que sus bonitos cuentos cayeran en el olvido, sobre todo uno que cuenta la historia de por qué emiten sonido los relojes, y que lleva por título: "¿Por qué los relojes hacen tic-tac?".



Es un cuento para niños, pero seguro que también te encantará por el aroma a inocencia que exhala, por su bella composición, y por la bonita historia que cuenta.

Saúl Schkolnik nació en 1929, y es uno de los autores más famosos en literatura infantil de Chile. Sus historias están cargadas de una enorme emotividad, y envían mensajes de ecología, de derechos del niño, y en defensa de la infancia. Además, tiene una facultad especial para hacer que el lector "se deslice" suavemente por sus palabras.


Al principio Schkolnik no tenía intención alguna de dedicarse a la literatura, pero su primer libro publicado ("Cuentos de por qué") tuvo una enorme y grata acogida, convirtiéndose casi de inmediato en uno de los libros preferidos de los profesores para sus clases con los más pequeños.

El curioso cuento de "¿Por qué los relojes hacen tic-tac?" seguro que se convertirá en uno de vuestros relatos favoritos, como amantes del mundo de la relojería, y seguro que les encantará a los más pequeños cuando se lo leáis. Originalmente apareció publicado en Chile, en 1979, en el libro "Cuentos para adolescentes románticos".



¿Por qué los relojes hacen tic-tac?

Has de saber que antes los relojes no hacían tictac como ahora, no hacían ruido, ni tic-tac, ni puf, ni cataplúm.

Contaban las horas en silencio, una tras otra sin equivocarse y sin saltarse ninguna, ni siquiera se olvidaban de contar las siete que es tan difícil de contar.

Sucedió una vez, allá en un Reino, que había un relojito. Era pequeño, redondo y mofletudo. Sus dos manecillas daban vueltas recorriendo las horas.

El relojero lo había hecho muy hermoso, porque era el reloj de la Princesa. Estaba adornado con brillantes y con rubíes. Con alas de mariposa y pétalos de jazmín. Con marfil de la China y cedro del Líbano. Sus números eran de oro y sus manecillas de plata. Era, en fin, el reloj más hermoso del Reino.

Pero era tímido, muy tímido, tanto que todos lo creían orgulloso y altivo. En las noches, el espejo conversaba con la polvera, los frascos de perfume se ponían a bailar, las peinetas y los cepillos hablaban de peluquerías y peinados, pero nadie se acercaba al reloj. Él no conversaba, se estaba muy quieto, contando las horas, sin decir nada, sobre el velador de la Princesa. Nadie sabía lo que el relojito adornado con perlas y amatistas, con polvo de estrellas y sonrisas de hada, pensaba, sentía o amaba…

Una mañana, la Princesa amaneció enferma.

Vinieron sus nodrizas que siempre estaban muy de-punta-en-blanco y la encontraron enferma.

Vino su mamá la Reina y su papá el Rey, y éste, acercándose al lecho puso su mano en la frente de su hija y la encontró ardiendo; la Princesa tenía fiebre.

- ¿Qué tiene mi princesa?- repreguntó su madre.

- Nada, mamá, nada - contestó la Princesita con la mirada triste.

Y vinieron las damas y los caballeros de la Corte, que siempre estaban curioseando por todos los rincones del palacio y que querían saberlo todo, y le preguntaron cómo se sentía.

- Estoy bien- contestaba siempre la Princesita. Pero se notaba que no era cierto y que pensaba en cosas muy lejanas.

Entonces llegó el doctor de bonete colorado y la examinó. Le dejó para tomar un jarabe y tres pastillas dos veces por día.

Pero la Princesita no quiso tomar los remedios y tampoco quiso comer, y tampoco quiso decir lo que tenía.

Así pasaron varios días y la Princesa fue debilitándose más y más. Su carita se fue poniendo pálida y llegó a confundirse con la blanca almohada.

Ni el doctor de bonete colorado; ni las damas ni los caballeros de la Corte, que a pesar de andar siempre curioseando no sabían nada; ni sus nodrizas muy de –punta-en-blanco; ni siquiera su papá el Rey o su mamá la Reina sabían qué hacer.

Lo que pasaba era que la Princesa tenía un gran dolor: su amado Príncipe Azul estaba lejos y no volvía. Había ido a matar dragones y ella lo creía muerto. La Princesita entonces no quería vivir, quería morirse también.

Un día negro, negro, el corazón de la Princesita empezó a latir más despacio. Ya no hacía tictac, como tu corazón o como el mío. Ahora iba más lento. Hacía tic, esperaba un ratito. Hacía tac, esperaba otro poco. Hacía tic, después esperaba y hacía tac. Y así muy despacio.

Todas las damas y los caballeros de la Corte muy apenados y sin ganas de curiosear, se fueron al salón porque la Princesita se iba a morir.

- Esta niña no quiere vivir- dijo con tristeza el doctor de bonete colorado-, y mi medicina no puede curar eso. Ahora, el sonido cada vez más débil de su corazón terminará por matarla.- Y se fue también al salón.

El papá Rey y la mamá Reina, y las nodrizas muy de-punta-en-blanco los siguieron llorando.

El dormitorio quedó vacío y silencioso. Sólo un tic… tac… cada vez más lento se oía.

La Princesita se estaba muriendo.

Los frascos de perfume miraban al espejo y los peines a los cepillos, pero todos habían enmudecido.

El relojito había estado siempre junto a la Princesita. No había descansado ni un momento. Había contado todos sus segundos, sus minutos, sus horas, sus días y sus años. El relojito amaba en silencio a la Princesa.

Y ahora que veía a la niña en la camita su tristeza era enorme. Pero cuando oyó lo que el doctor decía, ya no soportó más y sacando fuerzas de su pena quiso hablarle. No sabía cómo hacerlo, quería que sus palabras llegaran al corazón de la Princesita para convencerlo de que no se detuviera, que siguiera viviendo para que ella pudiera volver a correr y a saltar, a reír y a llorar.

Entonces, tratando de contarle algo así como una historia, el relojito le dijo:

- Tac- y su latido resonó en toda la pieza.

El corazón, que estaba ya casi detenido, oyó ese latido y contestó con un débil:

- Tic… tac…- que apenas se escuchó.

Haciendo otro esfuerzo, el reloj le dijo de nuevo:

- Tic…

Y el corazón volvió a responder.

-Tac… tic… tac…- todavía débilmente.

Lleno de esperanzas, el relojito empezó a enseñar al corazón de la Princesita que se estaba muriendo y le murmuraba muy despacito:

-Tic… tac… tic… tac…- y cada vez el corazón de la Princesa, aprendiendo de nuevo a vivir, le contestaba con otro tic…tac…

Muy suavemente el reloj fue apresurando sus latidos y el corazón le iba respondiendo también cada vez más rápido, hasta que, con el ritmo ya normal, ambos latieron juntos:

- Tic-tac… tic-tac…

Todavía el relojito enamorado acompañó al corazón un buen rato con sus latidos, impulsándolo, hasta que éste pudo seguir solo.

Abrió sus ojos la Princesita, buscando con la mirada alrededor de sí. Vio su relojito y le sonrió. Lleno de felicidad, pero agotado por su intento, dando un suspiro, el reloj, adornado de esmeraldas y topacios, de escamas de pez dorado y de plumas de codorniz real, se detuvo.

Llegaron a verla su papá el Rey y su mamá la reina. El doctor de bonete colorado y sus nodrizas con los delantales blancos mojados por el llanto, y las damas y los caballeros de la Corte que venían sin ganas de curiosear, porque creían a la Princesa moribunda.

Cual no sería la sorpresa y la alegría de todos al encontrar a la Princesita descansando tranquilamente, después de haber tomado un enorme vaso de leche y de haber devorado un gran pedazo de pastel que habían dejado por si acaso junto a ella.

La Princesa estaba mejorando. Todos bailaron y rieron llenos de regocijo.

Viendo el relojito detenido, le dijo la Reina al Rey:

- Mira, el reloj está parado, ¡se echó a perder!

- ¡Que importa el reloj ahora!- le contestó el Rey a La Reina-, lo echaremos a la basura y le regalaré otro más hermoso.

- ¡Oh, no, padre!- exclamó la Princesita- .Habéis de saber que este relojito me ha salvado la vida.- Y a su papá el Rey y a su mamá La Reina, y a sus nodrizas que se habían sacado rápidamente los delantales mojados y estaban de nuevo muy de-punta-en-blanco, y al doctor de bonete colorado, y también a las damas y a los caballeros de la Corte, felices de poder curiosear de nuevo y saber lo que había pasado, les contó la hazaña del reloj y terminó pidiéndole al Rey:

- Desearía que lo mandarais arreglar.

- Que traigan al mejor relojero del Reino- ordenó el Rey, y trajeron al mejor relojero del Reino en menos de lo que canta un gallo.

El Rey informó al relojero lo que el relojito había hecho y le ordenó que lo arreglara.

- Tú sabes lo que tienes que hacer- le dijo.

Se fue el relojero a su taller, y allí colocó ruedas y tornillos. Enderezó dientes y manecillas.

Arregló ejes y cuerdas y aceitó cuidadosamente todas las piezas.

Pero consideró que todo ello no era suficiente.

- Has sido tan valiente y tan bueno- le dijo el relojero, que hablaba y entendía a sus relojes-, que merecerías tener un corazón propio aunque fuera de acero.

Cuando hubo terminado de arreglar el reloj volvió al palacio y se lo entregó a la Princesa.

- Aquí tenéis vuestro reloj, Princesita- le dijo-: está caminando de nuevo.

- Que alegría me da señor relojero, ¡el que lo hayáis podido arreglar!- contestó la Princesa, que era muy bien educada.

- Pero eso no es todo, hermosa princesa… acercad el reloj a vuestro oído.

Así lo hizo la Princesa y escuchó cómo algo en el relojito latía.

- Tiene un corazón que late igual que el mío- exclamó maravillada-, hace tictac… tictac.

Todos quisieron oír el latir del corazón del relojito: su papá el Rey, su mamá la Reina y sus nodrizas siempre tan de-punta-en-blanco, y el doctor de bonete colorado, y las damas y los caballeros de la Corte, felices de poder curiosear.

Y también quiso oírlo el Príncipe Azul, que había retornado después de matar a los dragones.

El relojero fue largamente recompensado por su excelente trabajo.

El Príncipe Azul se casó con su Princesa.

Las nodrizas siguen muy de punta-en-blanco, y las damas y los caballeros de la Corte aún andan por ahí curioseando… Nadie sabe lo que fue del doctor de bonete colorado, pero… En todos los relojes, desde entonces, para recordar la hazaña del relojito hay un corazón que late igual que el tuyo y que el mío haciendo "Tic-tac… tic-tac… tic-tac…".

Saúl Schkolnik

| Redacción: Zona Casio

1 comentario:

Osvaldo dijo...

¡que historia mas bonita!

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