La mística del reloj


En su lucha constante contra el tiempo, el hombre ha tenido que enfrentarse a numerosos retos. En un primer momento era el paso de las estaciones quienes dictaban sus movimientos, adaptándose a ellas según fuera la duración e intensidad del día: más largo y con mayor actividad en verano, y más corto en invierno.

Pero con la llegada del reloj fue este quien dictó los ritmos diarios, dividiendo el día en dos mitades, con una duración de doce horas cada una. Pero ahora ni eso fue suficiente, y el mundo laboral lleva desde hace mucho adoptando horarios de 24 horas, donde nada se detiene y el hombre ya no sigue el ritmo natural del hombre, sino el ritmo de las máquinas. Llegará un día donde sea difícil pensar, e incluso imaginarse, cómo era la vida cuando no estábamos bajo la férrea e imperturbable mano del reloj.



Pero ¿por qué esa atracción tan irremediable por el tiempo? Quizá porque éste se nos agota, y de ahí el que le demos un valor tan excesivo. ¡Quiénes les iban a decir a aquéllos monjes que en la baja edad media señalaban las horas de sus rezos vespertinos con un reloj de una sóla aguja, que su invento acabaría generando toda una sociedad girando a su alrededor, como si se tratara de unos índices impasibles!

El reloj era un instrumendo que seducía tanto y de tal manera, que en siglos pasados, cuando los relojes sólo estaban al alcance de unos pocos adinerados, había gente que se ponía cadenas y las anclaban en el pequeño bolsillo de sus chalecos o chaquetas (destinados para alojar el reloj de bolsillo, aún no existían los de muñeca), con el fin de aparentar que poseían un reloj. Incluso San Juan Bautista María Vianney denunciaba estas prácticas en uno de sus escritos, tildando de hipócritas y de gente falsa a quienes los realizaban.


Era tanta la atracción del reloj que lo dominaba todo: desde lo más alto de las torres de las iglesias en los pueblos, o desde las catedrales en las ciudades. Bajo sus campanadas se rezaba el ángelus, interrumpiendo la labor diaria que se estuviera haciendo (sea cual fuera ésta), se tocaba a muertos, se llamaba a misa...

Con la aparición de una sociedad más secularizada todo ésto fue cayendo poco a poco en el desuso, las iglesias fueron arrinconadas por las grandes urbes que crecían, incentivadas por la revolución industrial. Las prácticas artesanales y las labores del campo se fueron abandonando, siendo sustituidas por procesos en cadenas fabriles. Pero el reloj seguía siendo protagonista. Pasó a presidir torres de ayuntamientos, estaciones de ferrocarril, gasolineras y hospitales, y de llamar al rezo con sus campanadas, llamaba al trabajo a los obreros, o a clase a los niños, con su sirena. Del bolsillo de los adinerados, pasó a las muñecas de la población. Estar sin reloj era como estar perdido en un mundo dominado y dividido por tramos horarios. Y de las mueñecas pasó a los dispositivos móviles, a los ordenadores, a casi cualquier aparato electrónico. Y saltó incluso al espacio, posándose en terrenos que jamás el hombre se atrevió a pisar.


Hoy en día el reloj nos dicta qué y cuándo lo tenemos que hacer, e impulsa nuestra vida de una forma que jamás nos habriamos llegado a imaginar. Controla nuestros movimientos y ancla nuestra existencia en un proceso numérico que nos influye desde el nacimiento hasta la muerte. Nada y nadie escapa a su influjo. Inmersos en la corriente del tiempo, avanzamos con cada cuenta del segundero. Querámoslo, o no.


| Redacción: Zona Casio

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