23/1/22

Cosas que pasan desapercibidas ante nuestros ojos



Ayer regresaba en compañía de un aficionado a la astronomía, y mientras caminábamos me pidió que me fijara en un puntito, apenas imperceptible, del cielo. Si uno se detenía a contemplarlo y las capas altas de la atmósfera lo permitían, podía discernir claramente y a simple vista cómo aquel puntito de luz desprendía un alucinante baile de luces de colores, una danza estelar de azules, rojos y verdes. Yo creía que era una aberración debido a la atmósfera, pero en realidad, según me contaba este señor, se trata de un objeto en un sistema solar muy distante, en concreto son dos estrellas que se encuentran tan cerca que una está siendo absorbida por la otra y así es que emite, en su inimaginable caos sideral, ondas en todas las frecuencias, en el infrarrojo, el ultravioleta, y en rayos gamma. Lo que yo estaba presenciando era el espectro de esa luz visible, viajando desde distancias auténticamente vertiginosas, atravesando el cielo, y cayendo literalmente sobre nuestras cabezas.

Para ese espectáculo tan asombroso no es necesario conectarse a Youtube, ni pagar cuota en Netflix, ni tener un teléfono móvil de última generación. Lo tenemos cada noche gratuitamente, real y palpable sobre nuestras cabezas, y lo ignoramos. Preferimos la tediosa y anodina vida que nos arrastra en su vorágine de publicidad y consumismo, y no apreciamos los espectáculos muchísimo más maravillosos que acontecen a nuestro alrededor y que son muchísimo más asombrosos y enriquecedores.

Quizá sea debido a que no tenemos que pagar cuota por ellos, ni tenemos que esforzarnos por adquirir un bono o una suscripción.



A los relojes mecánicos todo les afecta: los golpes, el magnetismo, la suciedad, el polvo, el agua, las vibraciones... Los intentos por hacerlos un poco menos frágiles han sido constantes, aunque desde la llegada del cuarzo se puede afirmar con rotundidad que, en general, en relojería mecánica "no hay nada nuevo bajo el sol". Su tecnología se ha quedado estancada hasta, quizá, terminar desapareciendo como tantos otros mecanismos mecánicos.


Es algo que he visto y comprobado con muchos autores de libros, algunos de enorme calidad, los cuales me contaban que cuando ponían sus libros para descarga gratuita la gente no acudía ni a darles las gracias, a pesar de ser, en algunos casos, mucho más entretenidos que los de otros autores que se vendían. De hecho muchos decidieron poner sus trabajos de pago, solo así, desembolsando dinero, los lectores lo apreciaban.

Algo muy parecido les ocurre a muchos aficionados a los relojes. Terminan acumulando tal cantidad de modelos y variantes, que no se dan cuenta ni de lo que tienen. Acaban aficionándose no a los relojes, sino al subidón que les da estrenar un nuevo reloj y, al rato, se olvidan de él y buscan otro.


El mundo de la relojería siempre ha estado muy ligado al mundo del deporte, la vida activa y la acción. Sin embargo, en relojería mecánica la publicidad era una cosa, y la realidad otra bien distinta. Llevar un reloj mecánico con uno todo el rato y en todas las actividades era un riesgo al que pocos podían exponerse.


Desde esta publicación siempre hemos reivindicado la relojería en sus años dorados, en los que se usaba reloj no por presumir solamente, ni por hacer alarde de categoría social, sino como un instrumento práctico, necesario y útil en el día a día de cada persona. Bien fuese por el trabajador para conocer las horas de su jornada, o por el apoderado para saber cuándo abrían las puertas su banco para ir a meter más dinero en sus arcas, el reloj era un instrumento preciado y valioso al que se le quería y mimaba por ser precisamente muy importante. Había personas que sólo se ponían el reloj para ocasiones especiales, con el fin de no dañarlo ni someterlo a golpes o al agua.

Si nos fijamos en fotografías de la juventud de los años cincuenta y sesenta, nos daremos cuenta que muy pocos de ellos llevaban reloj en sus muñecas durante sus tareas habituales. Era lógico. Aunque las marcas publicitaban aquellos valiosos y caros relojes como deportivos, y en las muñecas de populares pilotos o deportistas, la realidad sobre la calle era bien distinta y había pocos que se arriesgaban a meter entre el agua su Heuer Carrera con Valjoux ("cero" resistencia al agua), con aquel icónico movimiento (de los mejores que montase la marca) con dos días de reserva de marcha, o su Certina de caja con cierre a presión con unas más que dignas (para la época) 30ATM de resistencia al agua, que te permitía muy pocas alegrías.


La tecnología Incabloc data nada más y nada menos que de 1933. Y, aún hoy, se sigue recurriendo a ella. La falta de innovación en el mundo de la relojería mecánica es más que evidente, sólo las elitistas relojeras ofrecen algo diferente pero a precios inhumanos.


A veces olvidamos que hasta la llegada de los Marlin y, sobre todo, de los G-Shock que popularizaran los 200 M de inmersión, la mayoría de relojes que el populacho tenía a su disposición solo podían aguantar esporádicas salpicaduras "y gracias", y sus calibres resistían los pequeños movimientos "rudos" cotidianos con sus Inclabloc, y no pidas nada más. Que los relojes soportasen caídas desde unos cuantos metros sin pestañear, y poder meterlos contigo en la piscina, en el río o mientras nadas, era algo que no entraba ni por asomo en la mente de aquellas gentes. Lo habitual cuando ibas al baño de un restaurante o de una estación de trenes era que te quitaras el reloj de la muñeca y lo metieras en el bolsillo, y nuestros abuelos, al ir a lavarse las manos en casa, antes dejaban el reloj -si lo tenían puesto- sobre la mesa o sobre el lavamanos, ¡y menudo disgusto se llevaban si les caía al agua o algún chisporroteo accidental los mojaba!

Conviene no olvidar tampoco que el mencionado Incabloc (patentado en 1933 y que por su ingeniosidad sigue siendo muy utilizado) resiste tolerancias de caídas de hasta un metro máximo, pero no más. Y en cualquier caso protege a ciertos componentes del movimiento, pero no a todos. Si nos cae el reloj desde una escalera, o arrojado por alguna fuerza, ese sistema no lo protege y, por tanto, el reloj puede dañarse seriamente.

Quizá muchos aficionados a la relojería deberíamos ver nuestros relojes con otros ojos, porque a veces no caemos en la cuenta de ello, pero muchos los ven como si fueran cabezas de ganado de su finca, o clavos amontonados en una caja de madera. A veces apreciamos más un reloj por cosas bastante vanas como que sea de una marca de reconocido prestigio y cara, cuando tenemos a mano modelos con una herencia mítica, no solo en G-Shock -en donde hay muchos: DW-5900, DW-5600, DW-5700...-, sino relojes como el DW-291 de HD o el A100, cuya relativa facilidad para adquirirlos y disponibilidad nos oculta la fantasía y magia de su historia, de lo que significan, y de lo que tienen detrás.


Que en los cincuenta y sesenta los chavales llevasen reloj no era nada habitual.


| Redacción: ZonaCasio.com / ZonaCasio.blogspot.com




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4 comentarios:

  1. Muy interesante esta reflexión análisis. Toca muchos temas con la excusa de la relojería: cómo hemos perdido la capacidad de apreciar el mundo real, el afán de acaparar, cómo un reloj se consideraba antaño muy valioso.

    Muchas gracias. De esos contenidos atemporales que vale la pena releer.

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  2. Un artículo muy interesante y con muy buenas reflexiones.
    Yo he dado por concluida mi colección de Casio, solamente voy a comprar los 4 últimos Collection, tres de la serie Vintage y tres G-Shock.
    Los Casio de los años 80 son increíbles pero no me gusta utilizar estos relojes para un uso diario.
    Con algunos Casio tengo esa sensación de un adolescente en los años 80 con un reloj muy avanzado tecnológicamente con otros Casio no tengo ese gusanillo, no sé cómo explicarlo.

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  3. Martin B.28.1.22

    "Certina de caja con cierre a presión con unas más que dignas (para la época) 30ATM de resistencia al agua"... vaya, 300M... jaja

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    Respuestas
    1. Sí, cierto, perdón por el gazapo. tiendo a confundir bares con atmósferas, gracias por la corrección.

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