El viejo relojero


Hace un par de años tuve la necesidad imperiosa de arreglar el viejo reloj de mi abuelo. Fui buscando relojeros por el centro de Asunción (Paraguay) que cobraran lo justo e hicieran un buen trabajo.

En una de las relojerías que visité un señor me dijo: "Te lo puedo arreglar pero en un mes y te costaría como 30 dólares (equivalente a 150.000 Gs, eso aquí es mucho)", entonces obviamente fui a otro que respondió: "Yo no lo puedo arreglar hoy pero lo podés llevar a Don Marsá que él te lo va a reparar, en 15 de Agosto y Haedo".




Me aventuré a buscar a Don Marsá porque ya lo quería ver funcionando. Al doblar la esquina veo un viejo cartel oxidado que decía "Relojería Marsá - Arreglos al instante", entro al pequeño salón que con música clásica y tantos relojes y repuestos me introdujeron enseguida en un mundo fascinante.

Quien atendía era Don Marsá, un hombre de unos 80 y pico de años, canoso y de ojos azules con un español elegante y una simpatía inigualable. Me saluda y con una sonrisa me dice "¡Qué me traes! ¡Qué me traes!", le paso el viejo reloj y enseguida empieza a buscar su monóculo y una herramienta que rozaba lo microscópico.

En 5 minutos de sacar, poner, limpiar y soplar, me lo acerca al oído y dice: "¿Lo escucha caballero?". Emocionado oí el tic tac del antiguo reloj de mi abuelo después de 15 años de estar guardado.

Esto pasó hace 5 años. Lamentablemente, aquel viejo relojero ya pasó a mejor vida y con él muchas historias que me hubiese gustado grabar y dar a conocer.

Don Marsá en aquella ocasión me contó que su padre, un inmigrante catalán en Paraguay, le regaló un viejo reloj mecánico a los 13 años y que ahí comenzó su aventura en este mundillo. Lo armaba y desarmaba con gusto.

Luego de un par de años ya reparaba los relojes de su familia y pronto su fama de buen relojero se esparció por la ciudad hasta que al alcanzar la mayoría de edad era inevitable que abrazara el noble oficio del tic-tac.

Siete décadas después, estaba yo sentado en la pequeña relojería de la ciudad disfrutando las historias de un viejo catalán que al son de Mozart distinguía el buen tic-tac de aquellos relojes.

Su promesa de arreglar cualquier reloj en menos de 15 minutos no era mentira. Lo vi hacerlo, cliente tras cliente, todos entraban y salían del pequeño local con sus relojes puestos a punto para continuar.

Los viejos relojeros de barrio, una especie que se va extinguiendo de a poco y que muy pronto formará parte del imaginario colectivo.

| Redacción: Juan Andrés Del Puerto

7 comentarios:

  1. Preciosa historia Juan Andrés. Un bonito y merecido homenaje a Don Marsà.

    Relojeros de este calibre, ya apenas quedan. Ni en Paraguay, ni en ningún sitio. Una pena que el oficio, y el entusiasmo vaya perdiéndose generación tras generación.

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  3. Y lamento decir que hoy en día no todos los relojeros de barrio (y no me refiero a los que solo cambian pilas) ofrecen la calidad y cuidado de antaño.
    La verdad es que me pregunto dónde quedará algún relojero de calidad demostrada.

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  5. Bonita historia, un excelente relojero a la par que eficaz, un señor con oficio y seriedad profesional, sin embargo hoy en día la mayoría de relojeros parecen manirrotos, cada vez que llevo a reparar o cambiar una pila a cualquier relojería me tiemblan las piernas solo de pensar que le hagan un rasguño o una señal a mí preciado reloj, no es la primera vez que me ha ocurrido, pero lo que hace el señor Don Marsá ya son palabras mayores, ojalá cunda el ejemplo en el gremio de la relojería.

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  6. Tengo una historia similar con el centrado de llantas de bicicleta en Argentina.
    Un señor mayor (no tanto como 80 años), en una bicicleteria de barrio, humilde, las centraba en 15 minutos sin mirar, mientras te charlaba, no se le giraban los rayos, duraban años centradas y cobraba la cuarta parte que las "señoras bicicleterías" con sus Cannondale y Trek de miles de euros en exposición... que te despachaban diciendo que había que llevar la bicicleta completa y demoraban 20 a 30 días.
    Lástima que falleció y hace 10 años no encuentro a nadie que las centre como él... :-(

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  7. ¡Como te entiendo, Sergio! Centrar las llantas es todo un arte, ahora mucha maquinita y mucha historia, y no hay quien las centre bien. Yo hace tiempo que decidí aprender a centrarlas yo mismo.

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