10/3/19

La relojería de Adela


Seguro que muchos de vosotros tenéis en mente aquellas relojerías de barrio, esos sitios en los cuales veíamos las últimas novedades, las más bellas realizaciones relojeras (y también de electrónica, en muchas de ellas), y cuyos escaparates eran como las luces de una feria.

Si nuestras madres, amigas y hermanas, bebían los vientos por las boutiques de ropa, y nuestros padres, abuelos, tíos..., por las ferreterías y los concesionarios de coches y motos, nuestro sitio preferido de la ciudad o del pueblo eran, sin duda, las tiendas de relojes y de electrónica.




Cada vez van quedando menos locales parecidos. Internet y el comercio online son ahora los protagonistas, y se entiende: es más cómodo, más fácil, y hay más productos donde elegir.

Pero aún así quedan algunas que resisten, quizá no son lo que eran antaño - bueno..., por supuesto que no lo son -, y las nuevas generaciones que están al frente piensan de una manera distinta.

Anclada en sus recuerdos, buscando un poco volver a vivir aquellas añoranzas, hacer las cosas "como antes", Adela, la experta relojera de Baume et Mercier regresa al viejo taller de su abuelo. A través de ella vamos viendo cuánto han cambiado las cosas, y también que hay otras (la ilusión de un niño, la búsqueda de un sueño...) que a pesar de todo nunca cambian (por fortuna).


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Un lugar en el tiempo: El reloj digital de los 30 años

Pensaba que ya no quedaban ese tipo de tiendas en ninguna parte, que Internet, la venta online, los bazares chinos y el consumismo de comprar y tirar, habría acabado con todas ellas. Por eso, cuando en uno de mis paseos por los callejones de los barrios más antiguos vi aquel letrero, me sorprendió gratamente: "Relojería La Elegante, diseño y buen gusto. Venta y reparación de relojes. Desde 1951". Y, en pequeño, puesto sobre el escaparate en un letrero de plástico negro con letras grabadas en blanco, podía leerse: "cambiamos pilas".

Resultaba, en cualquier caso, contradictorio: el letrero principal era muy antiguo, uno de esos letreros de porcelana que apenas se ven ya. Su fondo estaba esmaltado en un elegante azul oscuro, destacando las letras principales en blanco. Como elemento decorativo tenía dibujado un reloj de bolsillo, ni siquiera uno de pulsera. Era evidente que debía ser un comercio muy antiguo, tal como se podía leer en el mismo cartel. Y contrastaba, como decía, con el letrero informando de que se cambiaban las pilas. Por un lado, el letrero principal daba sensación de algo añejo, profesional y exquisito, y el otro, de un simple "cambia-pilas". El local por fuera era pequeño, estaba en el borde de una esquina, apenas una puerta con un minúsculo rellano para acceder, y un escaparate minimalista, todo ello pintado en un color anaranjado oscuro anodino. No sería raro que hubiese pasado por allí miles de veces y no lo hubiera visto, había que fijarse realmente para descubrirlo, más aún al tener a su lado tiendas más modernas y más grandes que, con sus enormes escaparates y sus grandes letreros multicolores, así como sus pósters neón anunciando rebajas, eclipsaban la vista de todo lo demás.

Hice nota mental para recordar el lugar en otra ocasión, aunque la verdad no hacía falta: mi fiel DW-5030C de la serie "Resist Black" me refrescaba la memoria por la necesidad de cambiarle la pila al ver sus dígitos palidecer cada vez que echaba la vista hacia él para consultar la hora. No tardé mucho: un par de días después, estaba entrando por la estrecha puerta de "La Elegante". Al abrirla me di cuenta que había un pequeño letrero envejecido por el tiempo, plastificado junto al colgadillo del horario, que rezaba: "relojes para damas y caballeros". Eso hizo que una mueca de sonrisa aflorase a mi rostro.

Era rara aquella tienda que solo vendía relojes - y bastante pasados de moda, además, no podría decirse que tuviera las últimas tendencias - y ni siquiera tenían joyas ni fruslería; pocas tiendas podían subsistir solo como relojerías, y de hecho las cosas no parecían irles demasiado bien a los dueños: la puerta de madera estaba pidiendo a gritos una mano de pintura o, mejor aún: que la cambiasen, porque se azogaraba entera al moverla.

Una campanilla emitió un sonido anunciando mi entrada en la tienda. Eso me hizo sentir bien, era un sonido dulce y agradable que apenas se oye ya en las tiendas modernas, las cuales han cambiado esos chivatos por esa especie de alarmas electrónicas estridentes que más que informar de la llegada de un nuevo cliente, pareciera que informan de la llegada de un ladrón que va a asaltar el local.

Miré a mi alrededor... Bueno, lo que pude, porque honestamente, no era posible ver mucho. La luz era difusa, de hecho dentro era muy tenue, casi en semioscuridad. Había que esperar un lapso de tiempo a que los ojos se acostumbraran a aquella carencia de luz. Y casi mejor que no lo hicieran: el ambiente era decadente. Las baldosas del suelo no habían sido cambiadas desde hacía muchas décadas, tenían un estilo a los sesenta, pero estaban desgastadas, algunas notablemente desniveladas, y todas con las juntas ennegrecidas. Frente a mí había un pequeño mostrador con cristal expositor, de bordes finos de madera, con más años encima también que la torre Eiffel. En una esquina había una vieja butaca, de cuero marrón con la espalda amarillenta debido al desgaste. A su lado, un bastón nudoso. Esperaba que en cualquier momento apareciese un viejecito tembloroso, seguramente el viejo dueño del bastón, preguntándome qué quería. Probablemente al darle mi reloj me destrozara su recubrimiento a rayazos, al intentar abrir la caja (el principal motivo de mandar a que lo abrieran en una relojería, pues yo no disponía de las herramientas para hacerlo). Me daban ganas de salir de allí corriendo, no me extrañaba que aquel sitio no tuviese ni un cliente. Probablemente los habría tenido en sus tiempos, pero esos tiempos mejores, de existir, ya habían quedado muy atrás. Y a punto estuve de irme cuando recordé que, a fin de cuentas, los rayazos no se verían, estarían en la parte trasera del reloj. En última instancia, siempre podría pedirle prestada al viejecito una llave jaxa, comprarle una pila, y hacer el cambio yo mismo.


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| Redacción: ZonaCasio.com / ZonaCasio.blogspot.com