5/3/20

Las horas al ritmo de las campanas


Para los madrugadores, el día comenzaba con el toque de misa de las almas, una hora antes de romper la mañana. Los menos diligentes se despertaban más tarde, al repique de las primeras campanadas de media mañana (...).

En casi todas las casas, haciendo buen tiempo, se desayunaba temprano, alrededor de las nueva y media o diez horas de la mañana.

A medio día, el recreo de los escolares, o el comer o descanso de los operarios, eran alegremente decretados por los repiques de todas las iglesias. Por las dos de la tarde, los últimos conventos de monjas, en Santa Clara, en Santa Teresa, en Santa Ana y en las Ursulinas, el sonido de las Vísperas era también un aviso sonoro del fin de la hora de comer para la mayoría de los habitantes. En ese tiempo, comer después de las tres horas de la tarde era un "francesismo", una extravagancia de los sibaritas, muy sospechosa que, habiendo viajado, regresaban corrompiendo, a su regreso, las tradiciones.





Al caer la tarde, de nuevo tres campanadas melancólicas goteando, a las que se seguía una más nerviosa y festiva, recordaban a toda la ciudad que había llegado el momento de ir a recobrar cada uno la paz a sus casas, así como las fuerzas dispendidas durante el día en la pesada labor de la vida.

A las ocho horas las torres de algunas iglesias daban el toque de almas, que invitaban a los corazones más piadosos a recordar a los muertos. Por fin, a las nueve y media, las campanas de los monasterios tocaban para el oficio de Completas, pasando el degradante diploma de "libertinos" a cuantos, a esas horas intempestivas, deambulaban escandalosamente por las solitarias calles de la ciudad. Unas calles brumosas cuya oscuridad era recalcada por las agonizantes llamas de las lámparas de iluminación pública.

Así, durante todo el día y también al comienzo de la noche, las campanadas regulaban la vida, marcando la hora del trabajo o del reposo, de las comidas y de los rezos, del despertar y del adormecerse, uniformando entre todas los horarios por todos los lugares, coordinando armónicamente todos los movimientos sociales y domésticos. En una palabra: estableciendo musicalmente y moralizadoramente, desde lo alto de sus torres, un régimen absoluto de orden y de puntualidad general.

Eran esas, en esos tiempos, las funciones de las campanas en días ordinarios. Mas, en ocasiones, muchas veces y en circunstancias extraordinarias, cuando nacía un príncipe o moría un Papa, cuando se festejaba un Santo o un acontecimiento memorable de fasto nacional, se entonaban campanadas atronadoramente, asociándose al sentimiento popular, de luto o de júbilo, anunciando con fragor de sus redobles fúnebres, que cortaban el aliento, o con unos repiques de alegría con suaves expresiones ditirámbicas, que entusiasmaban a la multitud. El prestigio de las campanadas era, en esos días destacados, aumentado frecuentemente por la destreza de los campaneros, que manejaban la cuerda habilidosa e inspiradamente como las cuerdas de un violín, o como Sain-Saens presionando las teclas del órgano de Notre Dame.


Mas todo esto pertenece ya al pasado. Todo ha cambiado. (...) Extintas las congregaciones religiosas, se fueron cerrando los conventos a medida que iban muriendo las últimas monjas que en ellos se iban quedando. (...) Las propias iglesias parroquiales, después de proclamada la República, que separó la Iglesia del Estado, apropiándose éste de los bienes que eran de aquella, de sus iglesias, de sus festividades religiosas, por la fuerza o por las circunstancias, se volvieron entonces menos frecuentes y menos brillantes, se volvieron, consecuentemente, más raros y más discretos los anuncios que de esas festividades eran hechos antes por las campanas.

Así, a medida que se ha ido alargando una libertad de pensamiento, injustamente se fue reduciendo la libertad de los campanarios, donde se concluye, una vez más, que la libertad, llevada a cabo por los tiranos, acaba a menudo en la más descarada tiranía.

Hoy el comienzo o el fin del trabajo no es anunciado, como antes, por las torres, sino por el silbar estridente de las máquinas que resoplan rudamente en fábricas, instaladas a veces en nuestros templos profanados, otras en nuestros extintos monasterios.

Los acontecimientos festivos de la vida nacional, rara vez son conmemorados por los repiques alegres, prefiriéndose esas manifestaciones de sabor reaccionario del estruendo fuertemente liberal de los morteros de dinamita y petardos que es, para los oídos liberales, la más elocuente y más enérgica expresión de entusiasmo patriótico.

Como si los tonos de las fábricas y los ronquidos de los explosivos no fueran bastante para sustituir las campanas destronadas, se inventan además, para que las ciudades no se queden silenciosas, otra "maravilla musical": las sirenas de los automóviles, que infernalmente nos dirigen con sus bruscas y roncas plagas de brujas.

Para mucha gente, esos sonidos, que entran por los oídos como alambres de soldadura, esos estampidos capaces de resquebrajar las murallas de un dique, esos quejidos de berridos como catarro, tienen un encanto particular, y constituyen el signo augusto que las ciudades modernas victoriosamente entonan en loor del progreso.

Por mi parte, como incorregible artista que soy, confieso que no muero de amores por tal sonido, que lo oigo con un profundo desagrado -siempre que no es posible dejar de oírlo-, y que profundamente añoro el sonido de las campanas, que es menos agresivo, menos violento, menos brutal, menos ronco, con sus lánguidos repiqueteos de un sacristán, y que deploro su triste destino.

(...) Creo que, si alguien las mandó callar, es porque le desagrada oír lo que ellas dicen. Mas sin entenderlo, juzgan entender, como se prueba por las combinaciones que en todas las lenguas procuran traducir en vulgar los sonoros repiqueteos, las sonoras voces hechas por los campanarios.

Eugénio de Castro. "Cartas de Torna Viagem", 1925.




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4 comentarios:

  1. Bonita narración combinando los valores de antaños con los relojes actuales... Y pensar que yo desayuno sobre las 6...

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    1. Es muy poética. De Castro escribía muy bien (no en vano era poeta), desgraciadamente este es uno de sus escritos casi imposibles de encontrar hoy día en lengua española.

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  2. Jose Carlos8.3.20

    Yo creo que quien las mandó callar no es porque le desagrada oír lo que ellas dicen, sino porque les desagrada oír de parte de Quien lo dicen. Por eso aunque un crucifijo no hace ruido, también les desagrada.

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