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1.30.2022

El reto del domingo (prorrogado)



Como vemos que el reto matemático del pasado domingo os está resultando más difícil de lo que parecía, pospondremos su resolución para la próxima semana y os daremos un poquito más de margen. Si no podéis con él os lo solucionaremos, no os preocupéis. En su lugar, publicamos hoy uno de los interesantes capítulos de los relatos "Mi profesora de matemáticas", de A. Bial le Métayer. ¡Esperamos que os guste!


Necesito una profesora


Estoy en el tren, viajo de pie, agarrada a una de las barras verticales, ya que va atestado de gente. Observo que viene hacia donde estoy una chica, jovencita, muy atractiva y arreglada, como si saliese de juerga. Va mirando entre los viajeros, da la sensación de que ha perdido algo, o a alguien. Temerosa, apenas se atreve a levantar la vista del suelo. Finalmente, con una mano que juguetea sin cesar en un mechón de uno de los lados de su larga melena rubia, se detiene ante un tipo. Es un hombre bien vestido, delgado y bien parecido, ya entrado en años. Capto su conversación a pesar de que hablan en voz baja porque estoy casi pegada a ellos, los tengo a mi espalda.

- Hola, aquí estoy. ¿Eres Toni? - Dice ella.

- Soy Toni - responde él -. ¿Preparada?

- Sí... Sí, señor.

- De acuerdo. Vamos, entonces -la coge con delicadeza por una de las manos de la joven, a la altura de la muñeca. El tipo, delgado, viste un traje beige impecable, como recién sacado de la tintorería.








- Bien, como usted diga -dice ella, con un hilillo de voz-, ¿a dónde vamos, cariño?

Él hacía ademán de avanzar, pero se detiene. La mira fría y rudamente:

- Escucha, "monada": no soy ni "señor" ni "cariño", sólo Toni, ¿estamos?

La jovencita vuelve a pasarse su mano por su melena:

- Sí, "solo Toni" -dice ella.

El hombre de corbata la mira con desdén:

- ¡Basta de guasa!

- Es que... Estoy algo nerviosa. Perdona Toni -se adelanta ella a decir, modosita y con voz trémula, mientras introduce una mano en su bolso, sacando a continuación un smartphone.

- Ya se te pasarán los nervios con la práctica. ¡Andando! - Concluye él, empujándola con sutileza pero con decisión, y propinándola una sonora y atrevida palmadita en el atractivo trasero de la chica. Reprimo mi rabia tragando saliva. Noto por mi mano que comienzo a sudar, y que estoy sujetando con fuerza la barra. Trato de relajar mis dedos, porque empiezo a sentir dolor en los músculos de mi antebrazo.

Los sigo con la mirada, ocultándome bajo mi melena. Se van por el pasillo hacia unos asientos pero, en mitad del trayecto, él la detiene y le arrebata el móvil sin contemplaciones, diciéndola:

- ¿Quién es este? ¿Tu hijo? - La mujercita responde afirmativamente con su cabeza, inquieta. El tipo, sin más ni más, guarda el smartphone de ella en uno de los bolsillos de su americana y la dice -: A partir de ahora no tienes hijos, ¿oíste? Todo lo contrario: estás buscando como una loca que te hagan uno. Así que "al tema".

Reprimo mis ganas de partirle los dientes a aquel tipejo huesudo agarrando de nuevo con violencia la barra. Los dos van hacia el centro del vagón, donde hay varios asientos ocupados. Suelto la barra casi instintivamente, sorprendiéndome a mí misma, y entre susurros de disculpas me abro paso entre el resto de viajeros, justo en el momento en que el tipo de traje beige le dice a la chiquilla, señalándole un hombre ya en la cincuentena, con bastante pelo blanco, que está de pie junto a la ventanilla observando indiferente el paisaje:

- Éste es tu primer "cliente", a ver cómo lo haces. Te estaré observando. Ve hacia él y que se te noten las ganas de abrirte de piernas como si te estuviera ardiendo lo que tienes entre ellas. ¡Vamos, bonita!

- Sí, Toni -dice ella, comenzando a caminar antes de que él vuelva a darle en el culo, y dejando la mano del tipo largirucho a medio camino de su objetivo, en el aire.

Ella avanza hacia el hombre, se acerca, le sonríe sutil y seductoramente, mueve sus caderas coqueta, junta las piernas y entrecruza las manos frente a él. Se nota a leguas que va buscando "lío" y él, por supuesto, capta de inmediato el mensaje. Abandona su anodina visión del paisaje para centrarse en la mujer que acaba de ponerse frente él, especialmente en sus curvas. La deja más sitio y parece que la ofrece un puesto a su lado, sujetando la barra horizontal que transcurre por debajo de la línea del cristal, junto a la ventanilla. El tal "Toni" no le quita ojo a la escenita, mirando "a su pupila" con aire escrutador y experto. Analizando cada detalle de la chica, cada gesto, hasta el más sutil sonido de su voz.

Conozco a esos tipos. En alguna parte creo haber leído sobre ellos. "Educadores", los llaman. Los utilizan las mafias rusas y rumanas para "introducir" a las chicas que son traídas a España bajo extorsión, amenazas o puro engaño, en el negocio del alterne. Están en la nómina de los mafiosos y se dice que les cobran una auténtica fortuna por "entrenarlas". Parece que acabo de dar con uno de esos "independientes" y su nueva aprendiz de aduladora. Y ella no lo hace mal, se esfuerza y lo intenta con todas sus ganas, pero el Toni no parece muy satisfecho. La mira desde la distancia sin mostrarse demasiado convencido. Lógico, es un "profesional", y su deber es devolverle a su cliente una chavalita ya perfectamente "explotable". Pero a aquella jovencita aún le quedan muchas tablas, de hecho aunque "la víctima" trata de asomarse a su escote desde su blusa, ella rehúye, avergonzada, como si estuviese ante un ligón de discoteca. Olvida que fue ella la que se acercó al tipo. Así las cosas, el hombre comienza a dudar de que tal vez fuese más interesante continuar mirando el paisaje, ante el aburrimiento que comienza a sentir por no poder verle bien los encantos a la jovencita. Con una monumental rabia, Toni avanza hacia ellos y, cogiéndola por la muñeca enérgicamente se lleva consigo casi arrastrando a la jovencita, ante el asombro del cincuentón. Ambos pasan al siguiente vagón y los pierdo de vista nada más cerrarse la puerta que los separa de mí.


****



Por fin termina el trayecto y me siento liberada. Salgo del tren hacia el andén de mi estación respirando profundamente, en busca de aire fresco, pero entonces, cuando la trágica y vergonzosa situación que acababa de presenciar en el vagón ya comenzaba a disiparse en mi mente, veo a la mujercita de larga melena rubia junto a la pared. Está cerca de la salida, en la sala de espera de la recepción de la estación, hablando con exagerada pose seductora con un señor mayor. Al pasar a su altura lo reconozco de inmediato: ¡es el profesor Alfredo Caniz, de la universidad! Me detengo, movida por una fuerza desconocida, quizá sea mi sentido de solidaridad, mi necesidad de prestarle ayuda a aquella desgraciada chiquilla. Me concedo unos instantes para calcular, y finalmente salgo a la calle mientras saco el teléfono de mi bolso. Busco con rapidez el apellido Caniz en su guía, y marco su registro en la agenda. Al poco, suena su voz en mi oído:

- ¿Sí? ¡Hola, Alicia! - Me saluda al otro lado.

- Oye, Alfredo... ¿Me podrías hacer un gran favor? - Le digo. Noto la sorpresa en su voz al responderme:

- Sí, claro... ¿Qué ocurre?

- La chavalita que está hablando contigo...

Se produce una pausa. Luego unas risitas:

- ¿Qué pasa? ¿Me espías? Salía del metro y se acercó a mí sin más...

Entendía su recelo. Traté de reconducirle:

- No es eso. Me gustaría que la llevaras al campus, quisiera hablar con ella.

El recelo se traducía ahora en sorpresa:

- ¡Espera, espera! ¿Quieres que meta a una "fulana" en la universidad? ¡Me pide cien euros por irse conmigo!

- Dáselos. Luego te los pago yo. Solo llévala, ¿vale?

- Me vas a meter en un lío, Alicia... - Me replicó, simulando desgana. Sonreí:

- Venga anda, ¡seguro que por el camino te llena de carantoñas!

- Sí, ya... Seré el hazmerreir de mis alumnos. Harán bromas conmigo durante todo el semestre.

- Llévala a tu despacho y me llamas cuando lleguéis. ¡Ah!, y... ¡Gracias!

Colgué la llamada. Aceleré el paso hacia la Facultad y sin más ni más me adentré en el edificio académico, enfrentando mi primera clase del día. Pero justo estaba en la mitad, cuando escuché el característico sonido de la vibración de mi smartphone. Era un mensaje del profesor Alfredo Caniz, y me decía:

"Ya estamos en el despacho. ¿Y ahora qué?".

Le respondí con una sola frase:

"Trae a la chiquilla a mi clase".

Luego, miré a mis alumnos y les dije:

- ¡Chicos! Estais de suerte, os dejo salir antes para que repaséis lo que acabamos de ver y asimiléis conceptos. Haced los ejercicios propuestos del tema hasta... -ojeé el libro- el ocho. Mañana los corregiremos.

El auditorio se mostró sorprendido. Era lógico: mis clases de matemáticas solían durar hasta el último segundo, no era nada normal que las diera por finalizadas antes. Quizá temiendo que me arrepintiera, comenzaron a recoger como unos desalmados y a salir en tropel. Mientras tanto yo caminé hacia uno de los pupitres y me detuve ante una de las alumnas más aventajadas de la clase: Teresa Herrera. Crípticamente le pedí:

- Tú quédate un ratito, Teresa. Será solo un momento.

Ella soltó sus apuntes, que estaba recogiendo y, sorprendida, volvió a sentarse diciendo:

- De... De acuerdo.

Un par de amigas que se sentaban a su lado le dijeron que la esperarían fuera. Mientras la clase se quedaba casi vacía, me fui hacia la pizarra y borré los vectores y logaritmos que había escrito en ella y, en su lugar, coloqué un polinomio bastante largo. Ya estaba terminando cuando la puerta se abrió. Reconocí de inmediato a la chica del tren por su llamativa y característica melena rubia. Sonriéndola, le pedí:

- ¡Ah! Siéntate, por favor.

- Me han dicho... - Comenzó a musitar ella.

- ¡Sí, sí! - Dije yo -. ¿Cómo te llamas?

- Nami... - Respondió la chiquilla, muy extrañada, mientras ocupaba un asiento en la primera fila, junto a la puerta. Me giré hacia ella, señalando a mi vez con una mano a la pizarra:

- Nami, oye... ¿Sabes lo que es ésto?

- Una... ¿Fórmula? - Respondió, encogiéndose de hombros.

- Se llama "polinomio". "Poli", porque tiene varios términos. Éstos -con el rotulador de color rojo subrayé algunos de los términos- son parte de sus términos, y se denominan monomios. ¿Sabes para qué sirve?

Me miraba como si le estuviese hablando en chino. Toqueteé con el nudillo de mi dedo índice la pizarra:

- Sé lo que estarás pensando: que para qué te sería útil este rollo en tu vida cotidiana, ¿verdad? - No dijo nada, seguía mirándome con aquella carita de niña inocente, la misma con la que la había visto ante Toni, la misma expresión perpleja -. Verás, Nami, los polinomios son muy buenos porque nos ayudan a desarrollar lo que se denomina "pensamiento lógico". ¿Sabes qué es eso?

De nuevo se encogió de hombros. De nuevo aquella perplejidad. Señalé hacia uno de los asientos libres frente a mí:

- Siéntate ahí, por favor.

La jovencita se puso en pie, y caminó hacia el lugar que yo le indicaba. Miré entonces hacia Teresa Herrera, una de las mejores alumnas de mi clase, y le pedí lo mismo. Teresa se sentó al lado de Nami, y la saludó. La recién llegada le respondió con una tímida sonrisa y un "hola" en voz baja. Me planté ante Nami:

- Nami... ¿Por qué te has sentado ahí? ¿Puedes decírmelo?

Sonrió graciosa:

- Porque... ¡Porque usted me lo pidió!

Sonreí también:

- Vale. Sí, claro. - Miré hacia Teresa -. Teresa... ¿Y tú por qué te has sentado?

Mi alumna abrió las manos, dejando ver la obviedad:

- Porque también me lo pediste...

- Ya... - Dije, ante lo cual Teresa comenzó a añadir:

- Y porque veo mejor la pizarra, porque no tengo que alzar tanto la voz si quiero intervenir, porque puedo salir más fácil al estar más cerca de la puerta... -admitió, sonriente-, y porque... ¡Porque tenía curiosidad por conocer a Nami!

Regresé hacia la pizarra, mirando a la chiquilla rubia:

- ¿Lo ves, Nami? Ella está usando una secuencia de "pensamiento algebraico". - Luego, señalé cada uno de los términos del polinomio, diciendo - cada opción que ha mencionado Teresa podríamos verla como cada una de las partes literales de un polinomio. El álgebra es un recurso fundamental para reforzar y entrenar lo que se llama "pensamiento lógico complejo". Y ahora tú preguntarás de nuevo: "¿y en qué me ayuda eso en mi vida diaria?". Imagínate que yo me llamo... No sé, "Toni". Pongamos por caso que me llamo Toni, y te arrebato tu teléfono móvil... - me dirigí hacia Teresa, ante la atónita mirada de Nami - ¿qué harías, Teresa?

- Llamaría a la policía... - Me respondió mi alumna.

- No puedes -. Repliqué, firme.

- ¿Por qué no puedo? - Insistió ella. Me encogí de hombros:

- ¡No puedes! Está, así de simple.

Nami la miró, y reafirmó mi respuesta diciendo:

- Sí. No puedes.

Teresa nos miró a ambas y dijo con más énfasis aún:

- ¿Por qué no puedo? ¿Voy a salir malparada? ¿No puedo confiar en ellos? ¿No puedo ahora? ¿Y no podría más tarde?

Regresé a la pizarra, y volví a señalar el polinomio mirando hacia Nami:

- ¿Te fijas? Está saltando de término a término buscando la razón más útil, más eso: razonable. "Razón", Nami, no lo olvides - volví a mirar a mi alumna -, ¿y cómo se ordena un polinomio?

- Comenzando por el grado más elevado -. Respondió Teresa sin dudar.

- Y el grado más elevado es... - Dije, destacándolo con un círculo rojo a rotulador.

- El más importante - añadió Teresa.

Coloqué el capuchón en el rotulador mientras avanzaba hacia Nami:

- De manera que lo más importante ahora es, Nami... ¿?

La desdichada jovencita pasó su mirada de mí a Teresa, y de vuelta hacia mí, expectante.

- Librarme de Toni... - Musitó ella. Sonreí, y susurré ante la jovencita:

- Vamos a despejar la incógnita y a darle solución a este polinomio, ¿estamos? - Le propuse, con actitud segura. Ella, con lágrimas en los ojos, musitó:

- Profesora... ¿Podría usted darme clases?


Fin


Capítulo perteneciente al libro "Mi profesora de matemáticas", gentileza de A. Bial le Métayer.






| Redacción: ZonaCasio.com / ZonaCasio.blogspot.com




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2 comentarios:

  1. Me ha encantado el final matenmático, pero sobre todo el principio del relato en donde uno no imagina cómo será el desenlace.

    Gracias por compartirlo.

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