El portador de las horas


En mi región, con constantes ajustes patronales, reconversiones industriales, desacertadas políticas de inversiones y dramáticos procesos de desamortización, la corriente migratoria es realmente notable. No hay prácticamente nadie que no tenga o no conozca a alguien que haya tenido que irse a otras regiones o fuera de España para poder ganarse el sustento. Eso ha hecho que la población actual esté muy envejecida, y haya pueblos enteros donde casi todos sus habitantes son ancianos. Esta mañana, por cuestiones de fuerza mayor (un corte eléctrico) no podía hacer nada, así que cogí mi mochila y me fui.

Acercarte a un parque en uno de esos lugares tan desamparados es una experiencia desoladora. Eran poco más de las diez de la mañana, pero apenas pasaba por sus carreteras algún vehículo de rato en rato. El resto del tiempo el silencio. Como si en alguna época pasada se hubiera detenido el tiempo.



Tras las ventanas de algunos viejos edificios los ancianos despertaban, y alguno se asomaba melancólicamente a la ventana todavía en pijama. Otros sostenían sus bastones, sentados en algún parque, sin apenas hablar entre sí. Posiblemente porque ya se lo habían contado todo. En una carretera camino de una parada de autobús me encontré a una chica solitaria, aunque no parecía estar muy bien en sus cabales porque caminaba escuchando la radio a todo volumen. Era una nota discordante que, al menos, alegraba en cierto sentido el lacónico lugar.

En ese sitio puedes sentirte el dueño del tiempo, el "portador de las horas". Y es que ocurre un hecho curioso: como muchos de los ancianos ya no tienen una vista muy buena, si te ven pasar es muy fácil que te pregunten qué hora es. Tal vez el único motivo de que lo hagan sea para volver a sus casas a almorzar, o para irse al bar más cercano. O para confirmarse a sí mismos que no están viviendo un sueño y de que el tiempo realmente transcurre a su alrededor, que nadie lo ha congelado.


A mí particularmente me alegra que la gente me pregunte la hora. Es una costumbre que se va perdiendo y que me hace rememorar mis desesperados tiempos sin reloj por la ciudad. A uno de esos ancianos que me preguntó le respondí con una sonrisa, y le indiqué también la hora en mi reloj digital por si deseaba confirmar lo que decían mis palabras. Él apenas miró el reloj, no sólo porque ver la hora en su compleja esfera con máscara (llevaba el AE-1200) para un anciano le puede resultar dificilísimo, sino que probablemente no lo entienda ni la vea con claridad. Me lo agradeció muy efusivamente y continué mi camino. Dejé atrás el pueblo, las nubes grises en su cielo plomizo, y los ancianos en la plaza esperando a nada. Y me pregunté si sus hijos y nietos en Alemania, Inglaterra y algunos países de Latinoamérica a donde muchos de ellos se han desplazado serían felices, y si sabían que sus mayores, aquí, buscaban horas muertas en manos de extraños continuamente. Tal vez en busca de un tiempo que pasó para siempre. Un tiempo en donde sus plazas y calles las llenaban las voces de niños.

| Redacción: Zona Casio

2 comentarios:

  1. Por desgracia cada vez hay mas lugares así en España

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  2. Precioso articulo que resulta muy entrañable de leer,como siempre.La verdad es que hace mucho tiempo que ya nadie me pregunta la hora y como bien has descrito es una pequeña costumbre que se ha ido perdiendo por desgracia;Resulta que hasta en esto se muestran los síntomas de los momentos duros que nos tocan vivir.

    Un saludo,gracias por este estupendo y adictivo BLOG

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